El discurso del susto

Serán las tres de la madrugada.

Hace horas que duerme, pero un ruido la despierta. Desconcertada se incorpora en la cama y mira alrededor. No ve nada especial y se dispone a seguir durmiendo, pero oye de nuevo un golpe seco en el piso de abajo.

Se levanta, sale de la habitación y baja las escaleras. La tenue luz que entra por las ventanas ilumina el piso con aparente normalidad.

Ah, se me olvidaba: esto no es una novela; es una película. Panorámica de reconocimiento de la penumbra del salón. Por las ventanas se observan los árboles de un patio moviéndose agitadamente a merced del viento. Silencio y “¡blonc!”: una rama ha golpeado con fuerza el cristal.

La protagonista suelta un suspiro de alivio y cortamos para seguirla mientras entra en la cocina. Se para delante el frigorífico y lo abre. Rodeamos y nos situamos en el lado opuesto de la puerta abierta. La vemos a ella, iluminada únicamente por la luz de la nevera, cogiendo un zumo. La puerta no nos permite ver qué hay detrás.

Y sabéis qué va a suceder, ¿verdad?

Una mujer tomando algo de una nevera.
The Purge (2013)

Bueno, quizás penséis que cuando nuestra protagonista cierre la puerta va a encontrarse con una figura que provoque un clásico “jump scare” al espectador. O puede que le hayáis dado una vuelta al tema y consideréis que estamos ante una escena tan cliché que lo más probable es que no exista susto alguno y todo el paripé tenga únicamente como objetivo generar expectación.

La cuestión es que da igual si existe o no existe el susto. La tensión del espectador se produce por la anticipación de su mera posibilidad.

Pero ¿por qué existe esta anticipación? Anticipamos lo que va a suceder porqué estamos familiarizadas con esta situación. La hemos visto ya docenas de veces en otras películas y la interpretamos en un sentido específico, compartido por el equipo responsable de la película, quien lo pone a su servicio.

¿Habéis visto Prometheus? Para quiénes no la conozcáis, Prometheus es la vuelta de Ridley Scott al universo Alien, acompañado del guionista Damon Lindelof (amado por maravillas como The Leftovers y odiado bastante por experiencias como Lost).

Voy a hacer un destripe sobre un tema que sucede a media película, ojo.

En una escena de Prometheus, un bicho alienígena con forma de serpiente se mete en la boca de uno de los personajes. Creo que cualquier persona que haya seguido la saga Alien anticipa qué va a suceder después de esta escena.

Pues no. Os equivocáis.

Y la sensación es de profunda confusión e irritación. La escena está planteada usando un lenguaje simbólico muy específico, propio del universo Alien, pero acaba resultando meramente casual, anecdótico. La serpiente mata al personaje entrando por la boca como podría haberlo matado mordiéndole un pie. No hay donde rascar, no tiene más significado.

La serpiente y la nevera acaban enmarcadas en un contexto discursivo particular definido por quien está delante de la pantalla.

Son ejemplos de cómo las posibilidades, expectativas, satisfacciones, y frustraciones producidas se derivan de la interpretación construida por una serie de vivencias personales y por todo el contexto cultural y social del usuario.

¡Perdón!

Del espectador.

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Dani Armengol

Consultor independiente de arquitectura de información.

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